dimarts, 31 d’agost del 2010

La muchacha de los ojos verdes y grises (X)

Cuando llegamos, nos recibió y nos invitó a entrar a su despacho. Una vez dentro, pidió que por favor nos sentásemos. Cuando los tres estuvimos sentados, dirigiéndose a mí dijo: “Usted dirá, señorita Mar, ¿en qué puedo serle útil?” Le respondí que, en primer lugar, quería disculparme por la forma en que me había comportado la vez anterior, dado que según mi forma de pensar me había comportado de una forma muy poco correcta. Él me contestó: “Mire, señorita Mar, su manera de comportase no sólo fue del todo correcta sino que, además, demostró que para usted son más importantes los sentimientos y sus principios que cualquier fortuna, ya que no demostró ningún interés en saber de qué cantidad de fortuna estábamos hablando. Puedo asegurarle que eso no es una cosa nada corriente. Por mi profesión, puedo asegurarle que el interés económico suele estar siempre por encima de toda clase de sentimientos. Así que, no tiene porque disculparse.”
- Verá, señor, ayer me fue entregada una carta dirigida a mí. En ella, a parte de algunas cosas personales, se me comunicaba que, si no aceptaba la herencia, algunas personas podían verse perjudicadas debido a mi decisión. También se me informaba que usted podría explicarme dicha cuestión con todo detalle y por eso he decidido venir, para que por favor usted me lo explique.
- Sí, en cierta forma, así es – me respondió -. Ahora se lo explico… Su padre, además de ser dueño de una gran fortuna, era también el dueño de una gran empresa con cientos de trabajadores. Además, muchas empresas tienen trabajo debido a que suministran material para la empresa de su padre. Por lo tanto, si usted no acepta la herencia y no es usted la que se haga cargo de dicho empresa, no sé lo que puede pasar. Pero lo más probable es que se cierre dicha empresa ya que, no habiendo más herederos, lo que suele ocurrir normalmente es que pase a manos del gobierno. Es por ello que yo insistí en que se lo pensase muy bien, dado lo extraordinario de este caso, y que, antes de tomar decisión alguna, lo consultase antes conmigo.
- Bueno, tal y cómo están las cosas, - contesté - no creó que me quede ninguna otra opción que no sea la de aceptar lo que, al parecer, alguien decidió que fuera mi futuro.

El abogado me preguntó si me parecía bien que, aprovechando que estaba allí, diera lectura al testamento. Yo le contesté que me parecía bien.

La lectura del testamento me pareció, en principio, algo complicada. Pero, al terminar su lectura, el abogado me preguntó si deseaba que me aclarara alguna duda. Así que le pedí que me aclarara algunas de las cosas que no me habían quedado demasiado claras. Y él no dudó ni un momento en aclararme todas mis dudas.

Antes de marcharnos me ofreció sus servicios ya que, hasta aquel entonces, él era el que se ocupaba de todos los asuntos legales de mi padre. Le contesté que me gustaría que siguiera trabajando para mí. Quedamos en vernos la semana siguiente.

En cuanto salimos a la calle, Eva me dijo sonriendo: “Bueno, ¿y ahora qué desea hacer la señorita?” Yo le respondí: “Noto cierto sarcasmo en sus palabras, señorita.” Ella me replicó: “Desde este momento, te tendré que tratar con más miramientos dado que tú eres mucho más rica e influyente que yo.” Yo dije: “Pobre de ti que se te ocurra tratarme de forma distinta. Además, yo no soy más afortunada que tú ni mucho menos. Tú serás siempre más afortunada que yo, ya que yo no tengo unos padres que cuiden de mí. Ni siquiera tengo familia con la que compartir todo cuanto ahora poseo.” Y ella me replicó: “No quiero volver a oírte decir lo que acabas de decir. Me tienes a mí. Y a mis padres que, te quieren tanto, que se pasan todo el día hablando de ti como si fueras su hija. También tienes a todas las personas que te conocen, las cuales te adoran. Tienes a Juan y a Carmen, que siempre están pendientes de ti como si realmente de su hija te tratases. Y, por si fuera poco, no tienes que aguantar al pesado y mimado de mi hermano que me está dando la lata todo el día. Así que, por favor, no vuelvas a decir que no tienes familia nunca más.”

- ¿Qué te parece si vamos a ver a papá y le contamos lo que te ha dicho el abogado y tu firme decisión de convertirte en empresaria? – Me preguntó Eva.
- Como siempre, tú se me has adelantado ya que yo te lo iba a proponer en cuanto tú me dejases hablar, querido cotorrita. – Le respondí riendo.
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divendres, 27 d’agost del 2010

La muchacha de los ojos verdes y grises (IX)

De camino a casa apenas si pronuncié palabra alguna. Tenía mi pensamiento en todo cuanto había pasado en los últimos días. Eva me miraba. Ella, tan comprensiva cómo siempre, respetaba mi silencio.

Al llegar a casa me sentí fatal y me derrumbé de golpe. Me senté en el sofá y, sin saber el por qué, no pude contenerme y empecé a llorar. Eva se sentó a mi lado, agarró mis manos y me dijo: “Por favor, dime alguna cosa. Si no me hablas, no sé lo qué puedo hacer. Y eso hace que me sienta impotente ante tu dolor.” Yo la miré y, entre sollozos, dije: “No sé lo que me pasa, me siento como si todo a mi alrededor se estuviese derrumbando y yo no pudiese hacer nada. Me siento mal conmigo misma ya que todos pensáis que soy una buena persona y yo ahora pienso por primera vez que no soy buena persona.” Eva me miró fijamente y dijo: “Tú eres muy buena persona, es por eso que eres mi mejor amiga y siempre lo serás.” Yo le respondí: “Entonces ¿por qué, después de leer la carta de un moribundo del cual llevo su sangre en mis venas, no soy capaz de perdonarle?” Ella contestó: “Creo que lo que te ha ocurrido te ha afectado cómo afectaría a cualquier persona. Lo único que necesitas es tiempo para asimilar todo lo ocurrido. Cómo te conozco muy bien, sé que llegará el día en que seguro que le perdonarás y tú te sentirás feliz de haberle perdonado.” Y, después de un silenció, añadió: “Ahora supongo que no querrás que tu mejor amiga se muera de hambre… Ahora lávate la cara y ponte guapa, pero demasiado porque, sino, yo yendo a tu lado no encontraré nunca novio.” Yo la miré y sonreí y por fin dejé de llorar.

Las dos pasamos el día juntas. Primero fuimos a comer en un lugar tranquilo y después estuvimos paseando por la montaña de Montjuïc, un lugar muy bonito y tranquilo de la ciudad. Cuando por fin regresamos a casa, ya era casi de noche. Yo me había recuperado y estaba más tranquila gracias a mi amiga que no cesó de gastarme bromas y de hacerme sonreír. Cuando llegamos a casa, ya habían llegado mis compañeras de piso. Eva se despidió de mí, tocando mi cara con su mano a la vez que me decía: “Y ahora a dormir, que mañana por la mañana nos volveremos a ver. Y espero verte sonriendo como siempre, ¿de acuerdo?” Yo le sonreí dándole las gracias por todo.

No sé si fueron las dos tazas de infusión de manzanilla que tomé o lo bien que lo pasé por la tarde con Eva, pero lo cierto es que dormí toda la noche tranquilamente y me desperté descansada y relajada y con las ideas mucho más claras. Así que, cuando llegó Eva, ella notó enseguida que estaba mucho mejor. “Veo que, por lo menos, sirvo para levantarte los ánimos”, dijo bromeando. “Sí, pero que por eso no se te vayan a subir los humos a la cabeza”, le contesté sonriendo.

Invité a Eva a que desayunáramos las dos. Me dijo que ella ya había desayunado pero aceptó tomar un café mientras yo desayunaba. Cuando hube terminado, le pregunté si deseaba acompañarme a hablar con el abogado con el que había hablado hacía un par de días y con el que había vuelto a hablar por teléfono antes de que ella llegase. Los dos habíamos quedado en vernos aquella misma mañana. Eva respondió que sí, que con mucho gusto me acompañaría.
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dimecres, 25 d’agost del 2010

La muchacha de los ojos verdes y grises (VIII)

A media mañana llamé a Eva. Ella supo por mi voz que algo me ocurría. Le dije que si podíamos vernos cuando saliera de la oficina. Me contestó que por supuesto que sí. Pero Eva no esperó a que terminara mi horario de trabajo. Al poco tiempo ya estaba a mi lado, pidiéndome que le explicara qué me pasaba.

Yo le expliqué lo que me había pasado el día anterior, las dudas que tenía y que no sabía qué hacer. Ella me dijo que no se extrañaba de mi preocupación ya que se trataba de una decisión muy dura, y sobretodo para mí debido a que sabía como pensaba yo y mi forma de querer hacer siempre lo que yo consideraba correcto. A continuación me dijo que esperase un momento, que enseguida volvía. Al poco tiempo vino a mi lado diciéndome que deseaba que no me lo tomase mal pero que había hablado de mi problema con su padre y que su padre deseaba verme. “¿Ahora?” le pregunté. “Sí, por favor.” me respondió.

La acompañé al despacho de su padre, que era también mi jefe. Al entrar, él se acercó, me agarró cariñosamente por los hombros, me dijo que me sentase y yo me senté en una silla. A mi lado se sentó su hija Eva. Él se sentó en una esquina de su mesa. Empezó diciéndome que su hija le había explicado lo que me ocurría y que comprendía mi situación y mi preocupación, pero que tenía información que podía ayudarme a tomar la decisión más correcta. “Primero”, dijo, “tengo que pedirte perdón por no haberte contado nunca lo que ahora voy a contarte. Y a ti también, Eva, por no haberte comentado nunca nada. Pero hice una promesa y yo nunca rompo mis promesas. Ahora sí que puedo ya que la persona a la que le hice la promesa me dijo que, cuando llegase este momento, debía explicárselo todo a Mar… Jorge, tu padre, te conocía desde hacia tiempo y estaba al corriente de todo lo que a ti se refería. La historia es larga, pero te pido por favor que escuches con atención todo cuanto tengo que contarte. Creo que será mejor que comience por cómo empezó todo… Yo, por asuntos de negocios, conocía a tu padre desde hacia tiempo y a menudo nos encontrábamos en reuniones y en fiestas en las que en algunas ocasiones los empresarios solíamos asistir. En una de las veces en que nos vimos, le enseñé unas fotos de mi hija Eva. En una de ellas estabas tú al lado de Eva. A él, al verte, supongo que le llamó la atención la gran semejanza que tú tenías con él. Me preguntó quién era la muchacha que estaba al lado de Eva y yo le contesté que era una compañera de la universidad y una muy buena amiga de mi hija. Él, en aquel momento, no me preguntó nada más. Pero al día siguiente vino aquí, a mi despacho, y me preguntó si sabía más cosas acerca de ti. Yo, aunque extrañado por su interés en saber más cosas de ti, le conté lo poco que sabía dado que sólo sabía lo que de ti me había contado Eva. Jorge se quedó pensativo y me hizo prometer que no contaría a nadie lo que él me iba a contar a continuación. Yo le prometí que así seria. Me contó que tú eras su hija, que te había tenido con una chica que había conocido hacía años pero que nunca supo que hubiese quedado embarazada ya que nunca volvió a verla ya que él, por aquel entonces, estaba casado. Pero que lo descubrió por casualidad cuando, años después, cuando volvió con su esposa al pueblo donde conoció a tu madre, entró en el bar dónde trabajaba tu madre y te vió a ti y le llamaron la atención tus ojos ya que eran igual que los suyos y reconoció a tu madre llamándote hija. Luego, al verte en la foto junto a Eva y decirle yo todo lo que sabía acerca de ti, supo que tú eras su hija. A partir de aquel momento, yo me convertí en su cómplice ya que, debido a tu amistad con Eva, siempre le mantenía informado de todo l oque hacia referencia a ti. Lo siento pero es importante para mí que comprendas mi silencio y el por qué nunca te dije nada de todo esto que te estoy contando ahora.”

Después de un corto momento de silencio, se levantó, se dirigió a un cajón de su mesa, sacó un sobre y me lo entregó. “Ten,” dijo mientras alargaba su mano dándome lo que parecía ser una carta, “Jorge me dijo que te la diera cuando llegase este momento.” Y yo dije: “Dado lo poco corriente de la situación, creo que será bueno que la lea en voz alta.” Como ninguno de los presentes puso ninguna objeción, abrí la carta y empecé su lectura en voz alta.

“Querida hija,

Sé seguro que no te gustará que te llame hija. No te lo reprocho. De hecho, me lo merezco después de lo que por mi culpa has tenido que pasar. Pero, por favor, te pido que no rompas esta carta sin antes haberla leído. Ya sé que no merezco tu comprensión pero ten en cuenta que, cuando estés leyendo esta carta, yo ya no estaré entre vosotros, los vivos.

No quiero que pienses que, con lo que te voy a contar, mi intención es que me perdones todo el daño que os hice a ti y a tu madre. No es eso lo que pretendo. Quiero que sepas la verdad sin esperar por ello que me perdones, aunque ese sería mi más profundo deseo.

Conocí a tu madre en un mal momento de mi vida. En ella reencontré todo aquello que no sentía desde hacía ya mucho tiempo: dulzura y sobretodo amor. Yo, aunque te cueste creerlo, también sentí amor por ella. Pero yo, por aquel entonces, estaba casado. Y he de confesar que, en eso, sí que fui un cobarde no diciéndoselo a María, tu madre. Pero sé que ahora es demasiado tarde para arrepentirse ya que nada puedo hacer ya por ella.

No supe que María estaba embarazada, aunque no sé si eso hubiera cambiado en algo las cosas ya que en aquel momento mi matrimonio pasaba por un mal momento. No era por culpa mía ni de mi esposa. El problema era que los dos deseábamos desesperadamente tener hijos y no hubo forma de poder conseguirlo. La que entonces era mi esposa estaba muy afectada por todo ello. La verdad es que hicimos todo lo que nos aconsejaron los médicos pero la naturaleza humana no siempre responde a nuestros deseos. Nosotros nos esforzamos para que las cosas no cambiaran entre nosotros pero quizás no esforzamos demasiado y eso acabó pasando factura a nuestro matrimonio.

Sé que esto puede parecerte una excusa pero no lo es. Yo solo quiero que sepas toda la verdad de cómo fueron las cosas.

Creo que yo deseaba engañarme a mí mismo diciéndome que todo lo hacía por la que entonces era mi esposa y, de esa forma, calmar mi conciencia. Aunque ahora pienso si realmente tenía conciencia ya que, si la hubiera tenido, no os hubiera abandonado a las dos, de la forma en que lo hice. No sé si tú lo recordarás pero cuando eras muy niña, por casualidades de la vida, te ví y también ví a María, tu madre. Al verte y al ver tus ojos y al oír a María llamarte hija, supe sin ninguna duda que tú eras hija mía. Pero, por miedo y por ser un cobarde, nada dije. Y no volví nunca más al pueblo dónde vivíais. Per no por eso dejé de pensar en ti ni un solo instante.

Mi cobardía la he pagado como siempre se paga el mal que haces: con el dolor de saber que tienes la hija que tanto deseas, saber que es una muchacha extraordinaria, inteligente, además de ser la mujer más bella que jamás vieron mis ojos y, por suerte, mucho más honrada que su padre.

Sé que tú nunca lo supiste pero, en cuanto supe dónde trabajabas, fui en más de una ocasión al lugar dónde tú trabajas aprovechando cualquier excusa para poder verte. ¡Si supieras las veces que deseé acercarme a tu lado y decirte “soy tu padre” y poder abrazarte! Pero sabía que tú, con toda la razón del mundo, no querías saber nada de mí ya que ni tan siquiera me conocías.

Ahora lo único que te pido, aunque ningún derecho tengo, es que por favor aceptes mi herencia ya que, cómo te explicará el abogado que lleva mis asuntos, si no la aceptas entonces muchas personas van a salir perjudicadas sin tener la culpa de todos los errores que yo he cometido al largo de mi vida.

Ruego a Dios, en estos últimos días de vida, que me perdone y que me conceda el deseo de que algún día tú también puedas perdonarme.

Gracias por haber leído esta carta.

Tu padre, que te adora, Jordi.”

Cuando terminé de leer la carta, miré a mi amiga y a su padre. Éste agachó su cabeza diciéndome: “Por favor, perdóname por no haberte dicho nada hasta ahora.” Yo le respondí que nada tenía que perdonarle ya que él había sido fiel a su promesa y, para mí, eso significaba ser honrado. Él se acercó a mí y me abrazó diciéndome: “Todos los padres del mundo seguro que se sentirían orgullosos de tener una hija cómo tú.” Me levanté y le dí las gracias por todo. Él, a su vez, dijo a su hija que me acompañase a mi casa y que pasara el resto del día conmigo, pues seguro que en esos momentos era cuando más necesitaba tener alguien a mi lado. A mí me dijo que me tomara un par de días libres ya que seguro que los necesitaba para pensar en todo lo ocurrido.
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dilluns, 23 d’agost del 2010

La muchacha de los ojos verdes y grises (VII)

El martes por la tarde me llamó por teléfono Juan y me comunicó que aquel mismo día había estado en el bar un señor preguntando por mamá. Al parecer, dicho señor era abogado. Juan le dijo que la persona con la que quería hablar había muerto hacía ya tiempo. Entonces él le preguntó si sabía dónde podía localizar a su hija. Y Juan le había dado mi número de teléfono ya que dicho señor le había dicho que era muy importante que hablara conmigo. Yo le contesté que hasta aquel momento nadie me había llamado, le di las gracias y colgué el teléfono pensando qué podía querer de mí un abogado.

Al día siguiente recibí la llamada del abogado del que me había hablado Juan. Me comunicó que era muy importante que hablara conmigo ya que se trataba de algo urgente. Como no me suelen gustar los misterios, decidí verle para saber qué era aquello tan importante de lo que quería hablarme. Quedamos para vernos al día siguiente en la dirección que me dio por teléfono y que me había dicho que era la de su despacho. Como además me dio su nombre y su apellido, antes de ir a un lugar que era para mí del todo desconocido, quise asegurarme de que el nombre y la dirección que me había dado correspondían al despacho de un abogado. Miré en la guía telefónica. En principio no parecía tratarse de ningún engaño ya que, en la guía, el nombre y la dirección correspondían a un bufete de abogados.

Pedí poder dejar mi trabajo a media mañana y me dirigí a ver el abogado con el que había hablado por teléfono. Cuando llegué al despacho, una señorita me preguntó qué deseaba. Le di mi nombre y el nombre de la persona que había pedido hablar conmigo por teléfono y ella me pidió que esperara un momento. Vi como hablaba por teléfono. No tuve que esperar ya que enseguida salió un señor que, después de darme las gracias por haber aceptado entrevistarme con él, me dijo que por favor le acompañase a su despacho. Al entrar, me ofreció una silla y me dijo: “Por favor, siéntese.” Comenzó diciendo que lamentaba tener que comunicarme que mi padre había muerto, a lo que yo respondí que debía haber un error ya que yo no tenía padre. Me respondió que estaba al corriente de todo lo que a mi pasado se refería pero que, por decirlo de alguna forma, se refería al hombre que era mi padre biológico aunque también me comentó que sabía que no me había dado sus apellidos y que nunca se había dado a conocer, en parte por circunstancias que en su momento hicieron imposible que pudiese verme ni ponerse en contacto conmigo. A lo que yo respondí: “Lo siento pero no puedo sentir pena por la muerte de un hombre que engañó e hizo sufrir a mi madre y que nunca fue capaz de dar la cara como un hombre, ni tan siquiera para conocer a su propia hija.” Entonces, él dijo: “Mire, señorita, yo no puedo dar respuestas a todas las preguntas que seguro debe tener pero le responderé a todo lo que yo sé.” A lo que yo respondí: “Hace tiempo que dejé de hacerme preguntas sobre el pasado. Sólo deseo que me diga por qué deseaba verme y hablar conmigo con tanta urgencia.” A continuación, se explicó: “Mire, señorita Mar, la he estado buscando y he investigado cómo podía ponerme en contacto con usted porque, al morir su padre biológico, dejó testamento y en él le nombraba a usted heredera de todos sus bienes.” Yo, sorprendida, comenté: “¿A mí? Pero ese señor del que usted me está hablando, según tengo entendido, estaba casado.” Y él me dijo: “Sí, señorita, pero hace ya años que se divorció de la que hasta entonces fue su esposa. Al parecer, tras el divorcio ella decidió volver a su país, ya que era de nacionalidad francesa, y pasado un tiempo ella volvió a casarse de nuevo. Dado que no tuvieron hijos, no volvieron a verse. Y, por lo que yo he podido saber, no se molestó ni en ir a su entierro, a pesar de que yo mismo le comuniqué la muerte de su exmarido.” Entonces, yo pregunté: “Por lo que usted me está diciendo, ¿yo soy su única descendiente?” Y él me contestó: “Sí, y su única heredera, ya que así lo decidió en su testamento mucho antes de morir.” Yo no entendía nada: “Disculpe pero en este momento ni siquiera tengo claro que yo desee pensar que soy su hija. Y mucho menos de si debo aceptar ser su heredera, dado que yo personalmente no me considero su hija. Creo que debo pensar detenidamente antes de decidir lo que debo hacer.” Él insistió: “Mire, señorita, yo respeto su decisión de querer pensarlo, pero tenga en cuenta que se trata de una gran fortuna y seguro que su madre le diría que la aceptara. Yo personalmente creo que se lo merece por todo lo que usted y su madre han tenido que pasar a lo largo de todos estos años.” Mientras me levantaba, le dije: “Gracias por su consejo. Le aseguro que lo tendré en cuenta a la hora de tomar una decisión. Y, ahora, si me disculpa… Gracias por todo. Ya le comunicaré mi decisión.” Él estrechó mi mano a la vez que volvía a decirme que, por favor, me lo pensase bien, que no tomase una decisión precipitada sin antes consultárselo.

Aquella noche apenas pude dormir. Mi orgullo me decía que no debía aceptar nada de aquel hombre que nunca quiso saber nada de mí ni de mamá. Pero en mi cabeza oía las palabras del abogado de que mi madre me diría que debía aceptar. Cuando al fin pude conciliar el sueño, no pude dormir bien. Tenía continuas pesadillas. En ellas veía a mamá sonriéndome pero, al llamarla, desaparecía. Me despertaba sudando y, cuando lograba por fin volverme a dormir, veía la cara del abogado hablándome, aunque no podía entender nada de lo que me decía. Cuando por fin sonó el despertador, me desperté con un fuerte dolor de cabeza y sin saber qué decisión debía tomar.
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dissabte, 21 d’agost del 2010

La muchacha de los ojos verdes y grises (VI)

Dicen que el tiempo lo cura todo. En mi caso fue verdad. Llegó un momento en que, al pensar en mamá, ya no sentía dolor sino sólo tristeza al saber que nunca más volvería a verla.

No quise dejar el piso del pueblo y algunos fines de semana los pasaba allí, limpiando y poniendo las cosas en orden. Aprovechaba mi estancia en el pueblo para visitar a Juan y a Carmen ya que ellos siempre se alegraban mucho de verme y les agradaba que pasase el día con ellos y les contase cómo me iban las cosas por Barcelona y en el trabajo.

Los demás fines de semana los pasaba con mis compañeras de piso o con Eva, con la que seguí manteniendo una muy buena amistad. Íbamos al cine, al teatro o a alguna fiesta en la que nos invitaban.

En una de esas fiestas conocí a un joven educado y bien parecido con el que tuve una relación de amistad. Al menos para mí, fue sólo eso. Pero al parecer él deseaba que hubiera algo más intenso y a la vez más comprometido. Así que, al poco tiempo, dejé de verle ya que no me parecía justo que él se hiciera ilusiones cuando yo no estaba dispuesta a tener ninguna otra relación que no fuese una buena amistad.

Yo, desde hacía tiempo, ya había decidido cómo quería que fuese mi vida. No quería ninguna relación seria ni comprometida. No quería casarme. Y, si llegaba realmente a enamorarme, viviría el amor con toda la pasión que sintiera en aquel momento. Pero solo mientras durase, ya que sabía que el amor no dura eternamente y que, cuando se termina, lo mejor es dejarlo cuanto antes mejor y así ahorrarse sufrimientos inútiles para ambas partes. Según mi forma de pensar, nunca pude entender qué tiene que ver el amor con el matrimonio ni con el hecho de que una mujer quisiera tener hijos. Yo eso lo tenía muy claro: yo nunca tendría hijos.

Un día, hablando con Eva, le conté cómo había decidido vivir mi vida. Ella me escuchó con mucha atención. De hecho, siempre lo hacía con todos. Era una de las muchas cosas que admiraba de ella. Tenía un carácter abierto y nunca juzgaba a los demás. Siempre decía que todos tenemos derecho a tener nuestras propias opiniones, fuesen cuales fuesen. Ella decía que ella no era perfecta y por eso no podía juzgar a los demás. Era por eso que yo siempre le explicaba mis cosas, porque sabía que ella no me juzgaba sino que sólo me escuchaba y, si lo creía necesario, me daba su opinión. Aquél día, después de escucharme, me dijo: “Sé que, cuando tú decides hacer alguna cosa, ya te lo has pensado mucho. Yo no soy nadie para decirte lo que tienes que hacer. Además, yo no he tenido, por suerte, que pasar las cosas por las que tú has tenido que pasar. Ni he tenido tus malas experiencias. Yo comprendo y comparto tu forma de pensar en muchas de las cosas que tú me dices. Creo que lo que tú deseas, ante todo, es ser independiente y gozar del amor sin por eso dejar de sentirte libre. Pero deberás tener mucho cuidado, dado que me dices que no deseas tener hijos. A veces hay ocasiones en las que es difícil tenerlo todo controlado. Sobretodo si estás enamorada.” Yo le contesté: “Sé que tienes razón. Pero ya he pensado en ello: he decidido operarme.” Sorprendida, ella repitió: “Operarte.” Y yo continué: “Sí, quiero hacerme una operación para no quedarme embarazada y he decidido hacerlo estas vacaciones.” Eva se quedó mirándome sorprendida y, cuando habló, fue para decir: “Bueno, si ya lo has decidido, no creo que sirviera de nada lo que yo pudiera decirte. Sólo te pido que, por favor, si lo haces lo hagas en una buena clínica y que antes de hacer nada te asesores bien por un buen especialista. Y que me dejes que te acompañe, que no vayas tu sola. Por favor, déjame que yo esté a tu lado en esos momentos.”

Fui a una de las mejores clínicas privadas de la ciudad. Hablé con el ginecólogo del centro clínico. Al principio puso muchos reparos, en parte por ser tan joven. Además, lo que yo quería hacer, una vez hecho, no tenía vuelta atrás. Me recomendó que, antes de hacer una cosa tan drástica, mejor hablara con el psicólogo del centro. Una vez hubiera hablado con él, volveríamos a vernos. El mismo doctor me dio día y hora para hablar con el psicólogo. Fui y hablé largo rato con él. Le expuse mis razones para desear dicha operación. Después de escucharme atentamente, me hizo muchas preguntas a las que yo respondí con sinceridad pero con firmeza y decisión. Trató de persuadirme pero mi decisión seguía siendo la misma. Cuando terminó de hablar conmigo, me dijo que estudiaría mi caso y que me llamaría para decirme el resultado de su decisión. Al final su decisión fue que yo ya era lo suficiente madura para tomar yo misma esa decisión dado que ya era mayor de edad. Y, en mi caso, dado que no tenía familia que pudieses decidir por mí, no ponía por su parte ningún impedimento. Añadió que haría llegar su diagnóstico al ginecólogo con el que yo había hablado anteriormente. Pero aquello tuvo que posponerse para unos pocos años más tarde, ya que ocurrió algo del todo inesperado para mí…
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dilluns, 16 d’agost del 2010

La muchacha de los ojos verdes y grises (V)

Un viernes, en cuanto ví a mamá, la encontré muy desmejorada. Le pregunté qué le ocurría y su respuesta fue que sólo se sentía cansada, que seguro que era por culpa del cambio de estación ya que estaba empezando la primavera. Yo le aconsejé que fuera al médico pero me dijo que ya había ido a la farmacia, que le habían dado unas vitaminas y que seguro que en unos días se encontraría mejor.

Pero pasaban las semanas y no mejoraba, así que le pedí que por favor se fuese al médico. Me contestó que sí pero, cómo yo no estaba muy segura de que fuese a ir, le pedí a Carmen que por favor se asegurara de que fuese al médico. Carmen me dijo que no me preocupase ya que, como yo no estaba en el pueblo, ya había pensado en ir con mamá. El miércoles llamé a mamá para preguntarle qué le había dicho el médico. Me respondió que el médico le había dicho que lo mejor sería hacerle unos análisis, que el viernes tenía que ir al ambulatorio a hacérselos, que seguramente tardaría unos días en tener los resultados, pero que yo no me preocupara, que ya se encontraba mucho mejor.

Pero el viernes, en cuanto la ví, supe que no estaba mejor sino todo lo contrario. Su rostro estaba pálido y se la veía muy fatigada. Ella trataba de ocultármelo riendo y haciendo bromas conmigo pero yo, que la conocía bien, sabía que estaba fingiendo. Volví a pedirle a Carmen que por favor acompañase de nuevo a mamá al médico para saber los resultados de los análisis. Carmen me dijo que ella ya había pensado en acompañarla, que yo no sufriera, que en cuanto supiera los resultados me llamaría por teléfono.

Pasé toda la semana preocupada hasta que por fin me llamó Carmen. Pero lo que me contó me dejó todavía mucho más preocupada. El médico le dijo que lo mejor sería que ingresara un par de días en el hospital ya que allí podrían hacerle pruebas para así tener un diagnóstico más seguro y poder darle el tratamiento más adecuado.

Al terminar de hablar por teléfono con Carmen, no me lo pensé dos veces y solicité hablar con el jefe de personal para pedirle unos días de fiesta para poder acompañar a mamá al hospital. El jefe de personal me comentó que tenía que consultarlo pero que enseguida me diría si podía marcharme. Al cabo de unos minutos, mi jefe me llamó a su despacho y me dijo que no me preocupase, que hiciera los días de fiesta que fueran necesarios y que, si necesitaba cualquier cosa, fuese lo que fuese, no dudara en pedírselo ya que sabía por su hija Eva lo mucho que significaba mi madre para mí.

Salí en el primer tren que encontré que llegase hasta el pueblo, salí de la estación corriendo, y llegué al bar casi sin aliento. Juan me dijo que mamá no había ido a trabajar y que Carmen estaba en casa con ella. Juan cerró el bar y me acompañó en su coche. En cuanto ví a mamá, supe que nada bueno le ocurría. Su sonrisa al verme era más bien una mueca. Su rostro moreno por naturaleza era ahora de un color verdusco. Y sus ojos siempre tan alegres estaban apagados y sin brillo. No me gustó en absoluto su aspecto. Así que, después de hablar con Carmen, decidí llamar a urgencias para que enviasen una ambulancia a buscar a mamá. Ella no dejaba de decir que no me preocupara, que ya estaba mucho mejor, que no había motivos para llamar a una ambulancia. Pero yo estaba segura de que sí había motivos para preocuparse.

Al llegar al ambulatorio, tras el reconocimiento, el doctor que la atendió me comunicó que lo mejor era su ingreso en el hospital ya que veía a mamá en un estado muy preocupante.

Tras el ingreso de mamá en el hospital, comenzaron a hacerle pruebas y más pruebas. Y, cada vez que yo preguntaba qué era lo que pasaba, la respuesta era siempre la misma: todavía no tenemos un diagnóstico seguro, seguimos haciéndole pruebas, en cuanto tengamos todos los resultados el doctor hablará con usted.

Tuve que esperar dos días hasta que el doctor por fin habló conmigo. El diagnóstico fue mucho peor de lo que yo podía haberme imaginado. El doctor empezó por decir que todas las pruebas que le habían realizado no rebelaban nada bueno. Tras una pausa, que a mí me pareció eterna, dijo: “Su madre tiene cáncer.” Enseguida me apresuré a preguntarle al doctor: “Pero podrá operarla y se pondrá bien, ¿verdad?” El doctor me miró con cara muy seria y me dijo: “Lo siento pero no se puede operar. De hecho, por desgracia, lo único que podemos hacer es procurar que no sufra ya que el cáncer está tan extendido que nada se puede hacer ya.” Yo, con un hilo de voz, sólo atiné a preguntarle: “¿Cuánto tiempo cree usted que vivirá?” Y me respondió: “No se lo puedo decir con certeza, pero no creo que aguante mucho ya que el cáncer ha afectado, además de varios órganos, también su corazón.” Yo volví a insistir: “Pero, ¿cuánto, doctor?” Y el repitió: “No mucho.” Y agregó: “Quizás unas semanas, o solo unos días. Lo siento, pero no puedo asegurarle nada.” Entonces apoyó su mano en mi hombro y dijo: “Debes intentar ser fuerte. No dejes que ella se dé cuenta de lo que tú sufres ya que eso no le ayudará. Lo mejor es evitarle cualquier preocupación.” Y añadió: “Siento mucho que tengas que pasar por esto siendo tan joven. Lo siento mucho.”

Al regresar al lado de mamá con el corazón destrozado, tuve que esforzarme mucho para que ella no se diera cuenta del estado emocional en el que yo me encontraba en aquellos momentos. Todavía hoy no sé cómo ella, que tan bien me conocía, no se dio cuenta de que le estaba ocultando la verdad. Pero quizás fue debido a lo débil que se encontraba… Me preguntó qué me había dicho el médico y yo le respondí que el doctor con el que había hablado había dicho que tenía anemia y que por eso se encontraba tan débil. “Pero podemos marcharnos a casa ya, ¿verdad?” me preguntó. Yo, con un nudo en la garganta, le respondí que todavía no nos podíamos marchar debido a que tenían que suministrarle vitaminas a través del suero ya que de esa forma se recuperaría antes y, además, allí podrían ir haciéndole análisis para ver su evolución.

Aquella misma tarde empezaron a suministrarle morfina a través del suero que tenía puesto ya que se quejaba de dolores en el pecho. Al principio, en pequeñas dosis. Pero, a medida que iban trascurriendo los días y su estado empeoraba y se la veía sufrir, fueron aumentando las dosis. Yo veía cómo mamá se iba debilitando poco a poco. Ella se pasaba casi todo el tiempo medio adormecida, sólo en algunos momentos parecía estar un poco más despierta. Era entonces cuándo yo aprovechaba para hablarle un poquito, aunque ella ya había dejado de darse cuenta de todo lo que pasaba a su alrededor casi por completo. Sólo durante apenas unos pocos minutos parecía estar totalmente consciente de lo que ocurría a su alrededor.

Recuerdo con mucha tristeza un día en que, al despertarse, parecía que hubiera mejorado. Cómo todos los días estaba a su lado, de pronto agarró mi mano y la apretó con fuerza a la vez que me decía: “Lo siento mucho mi cielo, pero tengo que dejarte. Ha llegado mi hora. Siento mucho tener que dejarte tan sola, pero no puedo seguir luchando más.” Yo me eché encima de ella besándola en las mejillas y, sin poder ya contener mi angustia, rompí a llorar diciéndole al mismo tiempo: “No, por favor, mamá, no digas eso, no, por favor, no.” En ese momento mamá abrió sus ojos desmesuradamente y estiró sus brazos con fuerza como si quisiera incorporarse. De pronto, de su garganta salió algo parecido a un gemido, su cuerpo pareció relajarse y volvió su cabeza para un lado. En aquel instante la miré y supe que mamá se había ido para siempre. Y, por desgracia para mí, así fue.

De todo lo que pasó después, no recuerdo casi nada. Era cómo si me encontrase en un estado en el que no era consciente de nada de lo que sucedía. Parecía un robot, iba de un lado para otro sin saber lo que hacía. Cuando me hablaban, respondía con un gesto o con un sí o un no. Aunque deseaba llorar, no podía. Así estuve durante los días en que estuve viviendo en casa de Juan y Carmen. Hasta que de nuevo regresé al lugar que había sido nuestro hogar. Al entrar, olí su olor. Creo que en ese momento fue cuándo fui consciente de todo lo que en realidad había sucedido.

Por fin empecé a llorar, desconsolada. Sentía un profundo dolor que parecía salir de lo más profundo de mi corazón. En aquel instante, me dí cuenta de lo sola que me había quedado. Estuve llorando durante horas hasta que, por fin, agotada de tanta llorar, me quedé dormida.

Pero, por suerte y por las obligaciones, la razón superó a la tristeza y decidí incorporarme de nuevo a mi trabajo. El tiempo y mi dedicación total al trabajo hicieron que mi tristeza fuera, día a día, un poco más soportable. Fue con el tiempo y con la ayuda de las personas que en aquellos días tan tristes para mí estuvieron siempre a mi lado ayudándome a superar mi gran tristeza, que recuperé de nuevo las ganas de vivir.

divendres, 13 d’agost del 2010

La muchacha de los ojos verdes y grises (IV)

En la universidad hice una buena amistad con una compañera de un lugar cercano a Barcelona. Se llamaba Eva. Una vez terminados los estudios, seguíamos manteniendo contacto a menudo por teléfono.

Un día le comenté la idea de irme del pueblo ya que allí no veía ninguna oportunidad de futuro para mí. Y, al cabo de unos días de haber hablado con ella, me llamó y me comentó que en la empresa de su padre necesitaban una secretaria ya que la que había ocupado ese puesto hasta entonces se había despedido por querer completar sus estudios en otro país. Si yo lo deseaba, ella hablaría con su padre para que me concediera una entrevista. Pero me dejó claro que el puesto tendría que ganármelo yo dado que su padre era muy riguroso con todo lo que se refería a la elección del personal para su empresa.

Lo estuve pensando y, aunque no era el trabajo que en principio había deseado, ese podía ser un buen comienzo. Además, en una gran ciudad sería más fácil encontrar el trabajo que yo deseaba. Aquella misa noche, ya en casa, se lo estuve explicando a mamá. Ella comprendió mi situación. Aunque le dolía que volviera a marcharme, entendió muy bien mis deseos y la necesidad de tener que marcharme, al final y al cabo, para eso había estudiado tanto. Yo le prometí ir a verla todos los fines de semana ya que Barcelona no estaba tan lejos. Además, ella podía llamarme por teléfono siempre que lo deseara. Todo eso, claro está, siempre que yo fuera elegida para el trabajo del cual mi amiga me había hablado. Al día siguiente llamé a mi amiga Eva, le dí las gracias por su interés en ayudarme, y le dije que sí a su propuesta.

La semana siguiente tuve la entrevista con el padre de mi amiga. Me pareció un buen hombre desde el primer momento, ya que fue muy atento conmigo ya que, al parecer, su hija le había hablado muy bien de mí. Enseguida me dejó muy claro que, si era tan inteligente cómo le había dicho su hija, el trabajo sería mío. Para evitar favoritismos, la entrevista me la haría el jefe de personal y, si era elegida, estaría tres meses de prueba en la empresa y, si demostraba que servía para el puesto, volveríamos a hablar. Yo le dije que aceptaba. Además, me parecía del todo justa su propuesta.

Al cabo de una semana, ya estaba trabajando. Durante las dos primeras semanas, la que hasta en aquél momento fuera la secretaria del dueño de la empresa se encargó de ponerme al corriente del que sería mi trabajo.

El problema del alojamiento se solucionó rápido gracias a Eva. Compartiría piso con dos compañeras del trabajo que se habían independizado y que, por suerte, no tuvieron ningún reparo en compartir su piso conmigo.

A los cuatro meses, mi vida transcurría muy plácidamente. Tenía un buen empleo, un buen sueldo, y el horario era el mejor para mí ya que trabajaba de ocho de la mañana hasta las tres de la tarde, con lo que podía disponer de casi toda la tarde libre. Decidí aprovechar parte de ese tiempo para estudiar idiomas y así mejorar los que sólo dominaba lo justo para salir de un apuro.


Todos los viernes, al terminar mi trabajo, me marchaba en el primer tren que salía para la costa. El viernes mi comida consistía en un bocadillo que me comía durante el trayecto en tren hacia casa. Al llegar a la estación, tenía un buen trecho hasta el bar dónde trabajaba mamá. A veces estaba de suerte y había algún conocido en la estación y ese día no tenía que hacer la gran caminata. Si hacia mal tiempo o llovía, Juan venía a recogerme a la estación ya que siempre llegaba en el mismo tren. Aunque el tren no llegase siempre puntual, Juan siempre esperaba mi llegada. Después de abrazar y besar a mamá y saludar con un beso a Carmen, siempre me quedaba en el bar ayudando hasta que mamá terminaba su trabajo. Ya en casa, mamá y yo hablábamos de todas las cosas que nos habían ocurrido durante la semana. Fue una de las mejores épocas que pasamos mamá y yo.
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